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Dictadura del Proletariado

La expresión dictadura del proletariado es una de las más oscurecidas y demonizadas por los detractores del marxismo. Será por eso quizás que en el imaginario social se equipara con las dictaduras capitalistas o con las purgas de burócratas rusos.

Los ideólogos burgueses aprovechan el descrédito del comunismo generado por la burocratización estalinista de la URSS para caricaturizarla como si se tratase de un poder autoritario y destructivo, que se impone con terror sobre las mayorías.

Empecemos por aclarar que lo que se conoce como dictadura del proletariado es en realidad una forma transitoria del Estado en manos de la clase obrera. Marx no utilizó la palabra “dictadura” en sentido literal. Esto resulta evidente, puesto que literalmente la dictadura sería el gobierno de una sola persona, mientras que lo que planteaba Marx era la dictadura del proletariado, es decir, de una clase. Que dicho sea de paso es la clase universal mayoritaria y oprimida de la sociedad.

Por lo general entre los críticos abundan mayormente las objeciones de tipo moral a causa de la muy marcada connotación negativa que acarrea la palabra dictadura. Y no faltan quienes intentan compararla con las dictaduras capitalistas basándose en una falsa duplicidad anclada en las experiencias de lo que se conoció como “comunismo real”.

Afortunadamente la IV Internacional ha sabido delimitarse y ajustar cuentas con aquellos hacedores prácticos que disfrazados de marxistas han traicionado la revolución, me refiero en particular al régimen estalinista mencionado anteriormente y a todos sus crímenes que permanecen hoy día como estigmas endilgados maliciosamente a un todo indiferenciado rotulado izquierda.

Habiendo logrado separar estalinismo y comunismo, en tanto opuestos e irreconciliables, podremos pasar a un análisis de la dictadura del proletariado liberado de la pesada mochila de la dictadura de Stalin que ciertamente nada tuvo que envidiarle a las dictaduras capitalistas a la hora de ahogar la revolución internacional y perseguir a la oposición de izquierda.

En términos marxistas, dictadura del proletariado no significa supresión de la democracia para la clase obrera, pero sí implica necesariamente restricciones y despojar violentamente de privilegios a la burguesía sobre la cual se ejerce la dictadura.

La violencia revolucionaria que es propiamente distintiva de la dictadura del proletariado se diferencia de la violencia general y no admite un vale todo de fines y medios. Pero a la vez tampoco se autoimpone limitaciones que imposibiliten la rebelión bajo la trampa de adaptarse a las reglas morales contrarrevolucionarias establecidas por la burguesía.

En relación a los enfoques moralistas: “No se puede aplicar las mismas normas de moral abstracta a los opresores que a los oprimidos. El objeto de esas normas abstractas es precisamente el de impedir la rebelión de los oprimidos contra los opresores”. (Trotsky)

Las connotaciones negativas sobre el uso de la violencia revolucionaria son tan arraigadas que prevalece la filosofía del “mejor no hablar de ciertas cosas”. Hay una tendencia muy marcada a evitar cualquier mención a la dictadura del proletariado en los medios masivos de comunicación. A punto tal de convertirse en un tabú casi inabordable por el rechazo y temor que ocasiona su conceptualización, no solo en burgueses y pequeñoburgueses sino también entre los propios proletarios. Tanto es así que incluso en la prensa de los partidos de izquierda las menciones son episódicas y la describen de forma genérica como régimen transitorio con el fin de garantizar el programa de superación del capitalismo.

Mayoritariamente predomina el silencio en público y su profundización teórica esta reservada a abordajes en clave academicista, y cursos de formación política dirigidos exclusivamente a militantes y/o simpatizantes ya convencidos, que poseen menos resistencia a la hora de desprejuiciarse sobre la cuestión. Se suma una especie de pacto o consenso que se cumple a raja tabla para que los cuadros directivos que intervienen en los medios masivos de comunicación eviten explayarse o siquiera atreverse a hacer referencia. Peor aun, en esas oportunidades en que los dirigentes de izquierda son conscientes de estar llegando a un mayor número de trabajadores es cuando reniegan deliberadamente de utilizar una terminología propiamente marxista al extremo tal de que muchas veces resultan confundidos con socialdemócratas.

Quizás la estrategia pueda parecer acertada desde la perspectiva de un programa transicional como puente en el cual no se levanten consignas o conceptos que estén muy por encima de la condiciones subjetivas de los obreros, pero de un modo u otro se hace mella de un verso de Lasalle citado por Trotsky: “No muestres solo el fin, muestra también el camino”.

La importancia fundamental radica en que la defensa de la dictadura del proletariado es la prueba de fuego que permite reconocer a un marxista. Y en la medida en que se evita su discusión no solo se impide que surjan interlocutores que permitan la gimnasia de defender posiciones sino que sobretodo se acrecienta su demonización y se consolida un sentimiento de culpa heredada por las tergiversadas prácticas que se le atribuyen en el pasado.

En la medida en que la dictadura del proletariado siga siendo un tema tabú del cual no se habla, difícilmente podamos lograr una desensibilización sistemática de las masas para reducir el miedo y la ansiedad que genera. No hay razones para que aquellos que no tienen por perder más que sus cadenas se inquieten a causa de un vacío de información que les genera temores infundados.

En ese sentido Marx coincidiría en que “ya es hora de que los comunistas expongan a la faz del mundo entero sus conceptos, sus fines y sus aspiraciones”. El postureo moderado y el cálculo de precisión geométrica de las condiciones subjetivas puede dar por resultado que se nos pasen generaciones completas sin darles herramientas para reivindicar la dictadura del proletariado, y que el silencio o las tímidas esquivas construcciones argumentales se confundan con revisionismo u ocultamiento oportunista y servil al centrismo. Esa procrastinación eterna esperando la madurez subjetiva propiciatoria para dar paso a abrir el dialogo sobre la dictadura del proletariado perjudica la delimitación concreta entre la izquierda y la centro-izquierda dando la apariencia de un pastiche indiferenciado por fuera de las filas del partido.

“Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos solo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente”. (Marx-Engels)

Para quitar algunos de los fantasmas que rodean a la dictadura del proletariado en lo que refiere a la violencia pensemos en que todas las formas de los Estados burgueses, incluso las repúblicas democráticas más modernas, en su esencia son dictaduras de la burguesía disfrazadas con diferentes envolturas.

Si analizamos el concepto abstracto e ideal de democracia vemos que a veces se utiliza como medio y otras veces como fin. El imperativo kantiano de la persona como fin en si mismo ha sido reiteradas veces reemplazado por la defensa del orden social. Y no hay que olvidar que en el surgimiento de la democracia burguesa no han estado ausentes la violencia y la “inmoralidad”.

Referirse a la "democracia" en términos generales sin hacer distinción de clases sociales resulta incompleto, porque alude a la ficción de una sociedad más o menos homogénea sin colisión de intereses opuestos, los cuales son inherentes y constitutivos en toda sociedad clasista. Para darle completitud cabe preguntarnos respecto de la democracia: "¿Para qué clase? ¿Para que programa?"

La noción jurídica y formal de "democracia" sirve a la burguesía para disimular su dominación y engañar a las masas. Es así que "democracia" quiere decir algunas veces dictadura de la burguesía, y otras veces significa impotente reformismo que también se somete a esa dictadura de apariencia democrática.

“Las instituciones representativas, democráticas en su forma, son en su contenido instrumentos de los intereses de la clase dominante. Ello se manifiesta de manera tangible en el hecho de que apenas la democracia tiende a negar su carácter de clase y transformarse en instrumento de los verdaderos intereses de la población, la burguesía y sus representantes estatales sacrifican las formas democráticas. Es por eso que la conquista de una mayoría parlamentaria reformista es un cálculo de espíritu netamente burgués liberal que se ocupa de un solo aspecto -el formal- de la democracia, pero no tiene en cuenta el otro: su verdadero contenido”. (Luxemburgo)

No existe una “democracia pura” que se eleve por encima de la lucha de clases, salvo en la imaginación de los embusteros que maliciosamente quieren encubrir el contenido de clase de la democracia burguesa. En las sociedades divididas en clases sociales la democracia siempre será clasista por más que discursivamente lo niegue. En la abstracción idealizada de democracia liberal encontramos una cáscara que enmascara su contenido real con una pretendida desvinculación de la lucha de clases y del rol del Estado como expresión de intereses irreconciliables.

Más aun, podríamos decir que la democracia burguesa es profundamente antidemocrática y que en contraposición la democracia proletaria que acompaña a la dictadura del proletariado es la verdadera expresión de una democracia de las mayorías. Pero esto no resulta del todo evidente y despierta dudas a causa de las connotaciones negativas asociadas a la expresión dictadura en el imaginario social. En este sentido no han sido pocos los intentos historiográficos por equiparar la dictadura del proletariado con las dictaduras capitalistas.

“El procedimiento favorito del filisteo moralista consiste en identificar los modos de actuar de la reacción con los de la revolución”. (Trotsky)

Validar la dictadura del proletariado y diferenciar la violencia revolucionaria de la violencia general constituye un paso que presupone haberse desengañado sobre estándares morales eternos e inmutables pretendidamente independientes de los intereses de clases. La moral burguesa es contrarrevolucionaria y no puede pesar sobre la conciencia de los trabajadores. Aunque la burguesía y el proletariado puedan llegar a utilizar medios análogos siempre será insoslayable la diferencia entre opresores y oprimidos.

“¿Eso significa que para alcanzar tal fin todo esta permitido? –nos preguntara sarcásticamente el filisteo, revelando que no comprendió nada. Esta permitido, responderemos, todo lo que conduce realmente a la liberación de la humanidad. Y debido a que este fin solo puede alcanzarse por caminos revolucionarios, la moral emancipadora del proletariado posee por necesidad un carácter revolucionario. Se opone irreductiblemente no solo a los dogmas de la religión, sino también a los fetiches idealista de toda especie, gendarmes filosóficos de la clase dominante”. (Trotsky)

El primer modelo de dictadura proletaria fue la Comuna de París en 1871. Algunas de las medidas tomadas por el gobierno insurreccional fueron la separación de la iglesia y el Estado, salario de obreros para los funcionarios públicos, magistrados electivos y revocables, gratuidad de la educación sin contenidos religiosos, abolición de la policía y el ejército como instituciones autónomas y separadas, etc.

Para contrastar, el Estado burgués que ejerce la dictadura de la burguesía mediante la república democrática, no se anima a reconocer abiertamente que representa los intereses de una minoría privilegiada, y recurre al artificio de la supuesta neutralidad de un Estado impersonal que se eleva por sobre las clases sociales y es surgido por acuerdo “voluntario” para la superación del estado de naturaleza. Estas tesis contractualistas han sido ya lo suficientemente refutadas.

En cambio, el Estado del tipo de la Comuna, dice franca y honradamente que es la dictadura del proletariado y de los campesinos pobres. Sin ocultar ni mentir sobre sus propósitos e intenciones ni adoptar un barniz almibarado. Los Soviets fueron la forma rusa de la dictadura del proletariado.

Recapitulando, la dictadura del proletariado es una forma temporal del Estado con una dictadura en el sentido no habitual de la palabra, que se ejerce sobre la minoritaria burguesía, y que adquiere diferentes características dependiendo la correlación de fuerzas de cada país. Representando en simultáneo la más amplia democracia proletaria para la clase obrera.

“Para la transformación socialista de la sociedad, la clase trabajadora debe concentrar en sus manos un poder tal que le permita aplastar todos y cada uno de los obstáculos políticos que cierren el camino hacia el nuevo sistema. "El proletariado organizado como clase dominante" -eso es la dictadura. Al mismo tiempo es la única verdadera democracia proletaria. Su alcance y profundidad dependen de las condiciones históricas concretas. Cuanto más Estados tomen el camino de la revolución socialista, tanto más libres y flexibles serán las formas que adoptará la dictadura, tanto más ancha y más profunda será la democracia obrera”. (Trotsky)

La necesidad transitoria de la utilización del Estado sin burguesía para garantizar la transición al comunismo en el plano mundial desarrollando un programa revolucionario y resistiendo a los embates de la contrarrevolución provocó enfrentamientos entre marxistas y anarquistas.

Los anarquistas, restando importancia a las tareas que lleva a cabo el Estado obrero bajo la conducción del proletariado, proclaman abolir toda forma de Estado de la noche a la mañana en una sociedad que todavía no tiene desarrolladas las herramientas para dar un salto de esa magnitud. En cambio para los marxistas el uso temporal del Estado es algo estratégico que solo tiene sentido con el fin de lograr la futura extinción definitiva de todos los Estados, superfluos e innecesarios en una sociedad comunista sin clases sociales.

“Es necesario, no olvidarse que la moral, el derecho y el Estado son formas de la sociedad burguesa. Y que, aunque el proletariado se vea obligado a utilizar estas formas, esto no significa en absoluto que ellas puedan desarrollarse progresivamente con la adición de un contenido socialista. Ellas no pueden asimilar este contenido y deberán desaparecer a medida que este contenido se realice. Sin embargo, el proletariado debe, en el actual periodo de transición, explotar en beneficio de sus intereses de clase, estas formas heredadas de la sociedad burguesa agotándolas así completamente. Pero para esto el proletariado debe, ante todo, tener una idea muy clara, liberada de todo velo ideológico, del origen histórico de estas formas. El proletariado debe adoptar una actitud fríamente crítica, no solamente frente a la moral y al Estado burgués, sino también frente a su propio Estado y a su propia moral proletaria. Debe ser consciente, para decirlo de otra forma, de la necesidad histórica de su existencia pero también de su desaparición”. (Pashukanis)

Los marxistas no tenemos la premura ilusoria de prescindir en forma inmediata del Estado, esos anhelos anarquistas ponen de manifiesto una incompatibilidad en términos estratégicos, y sólo sirven para aplazar la revolución socialista postergándola indefinidamente hasta alcanzar una quimérica homogeneidad de condiciones subjetivas.

Dicho de otro modo, no discrepamos con los anarquistas en cuanto a la abolición o extinción del Estado en todas sus formas. Lo que afirmamos es que, para alcanzar esta meta, el proletariado necesita el empleo temporal del aparato estatal en una forma revolucionaria y transitoria contra los opresores, combatiendo la contrarrevolución de la burguesía y desarrollando un programa.

La dictadura del proletariado no es una "forma de gobierno", sino justamente una forma o tipo de Estado. Y su rasgo distintivo es la violencia revolucionaria en contraposición con hipótesis reformistas kautskianas o bernstianas que siguen presentes hoy en día en las variantes políticas de centro-izquierda. Estas posturas en clave pacifista históricamente han sido demostradas inconducentes y han alimentado ilusiones utópicas sobre revoluciones no-violentas.

“Kautsky ha tergiversado del modo más inaudito el concepto de dictadura del proletariado y ha convertido a Marx en un vulgar liberal, es decir, él mismo ha descendido al nivel de un liberal que pronuncia frases triviales sobre la “democracia pura”, embelleciendo y encubriendo el contenido de clase de la democracia burguesa y rehuyendo, ante todo, al empleo de la violencia revolucionaria por la clase oprimida. Al “interpretar” así el concepto de “dictadura revolucionaria del proletariado”, excluyendo la violencia revolucionaria de la clase oprimida contra sus opresores, Kautsky bate el record mundial de deformación liberal de Marx. El renegado Bernstein es solo un cachorro comparado con el renegado Kautsky.” (Lenin)

En el proceso revolucionario se hace uso de la fuerza estatal, para liquidar el derecho de propiedad y abatir el régimen burgués y la contrarrevolución. Pero desde el comienzo el Estado proletario debe ser un anti-estado que prepara su propia anulación. Primero se elimina el estado burgués, y por último, cuando se completa la transición a nivel mundial, se extinguen el remanente de estados proletarios.

“Desde el punto de vista de las “verdades eternas”, la revolución es naturalmente “inmoral”. Pero eso solo significa que la moral idealista es contrarrevolucionaria, es decir, se halla al servicio de los explotadores”. (Trotsky)

Las objeciones morales a la dictadura del proletariado provienen de su demonización instalada en el sentido común según parámetros de moral burguesa. Una moral que es victima de los intereses de clase aunque se pretenda universal, eterna e inmutable. Ese conglomerado de prejuicios resulta incapaz de hacer distinciones entre la violencia de los opresores y la violencia de los oprimidos. Colocan ambas en un plano de igualdad sobre la base de un puritanismo cinico moralizador que sus propios predicadores incumplen cuando se agudiza la lucha de clases.

“La clase dominante impone a la sociedad sus fines y la acostumbra a considerar como inmorales los medios que los contradicen. Tal es la función principal de la moral oficial”. (Trotsky)

Las revoluciones inevitablemente son violentas, no por elección ni por antojadizas, sino por imposición de la dinámica de la lucha de clases que no se somete a criterios morales ni preferencias individuales. Basta con ver la historia para descubrir que la burguesía ha recurrido incluso al fascismo y a las guerras imperialistas para llevar adelante la contrarrevolución y preservar la sociedad de clases. No en vano se dice que el capitalismo es el genocida más respetado del mundo.

“El problema de reforma o revolución, de objetivo final y movimiento es, fundamentalmente, bajo otra forma, el problema del carácter pequeñoburgués o proletario del movimiento obrero”. (Luxemburgo)

Sería una ingenuidad o una expresión de deseo creer que por medio del reformismo con solo luchas sindicales y parlamentarias los capitalistas pudieran resignar sus privilegios de clase sin ofrecer resistencia y, más aún, entregar plácidamente los medios de producción para socializarlos y ponerlos a producir bajo gestión obrera con miras a una sociedad sin clases sociales. Este tipo de transformaciones y bajo esas formas tan ideales solo pueden darse en la imaginación de pequeñoburgueses o en las ensoñaciones de algún filántropo.

Para dejar de espantarse con la estigmatizada dictadura del proletariado es necesario valerse de los aprendizajes históricos que llevaron a su formulación y principalmente, desengañarse de las fábulas del reformismo y las objeciones de la moral burguesa.

“Quien no quiera retornar ni a Moisés ni a Cristo ni a Mahoma, ni contentarse con una mezcolanza ecléctica, debe reconocer que la moral es producto del desarrollo social; que no encierra nada invariable; que se halla al servicio de los intereses sociales; que esos intereses son contradictorios; que la moral posee, mas que cualquier otra forma ideológica, un carácter de clase”. (Trotsky)

La fantasía de que mediante reformas legislativas en el marco de la democracia burguesa podamos alcanzar una sociedad más justa es algo ya refutado por la historia y la experiencia de cada día. Esto no implica un desinterés por las libertades democráticas, sino la toma de conciencia de que las transformaciones estructurales son por vía revolucionaria.

“El proletariado no puede conquistar el poder dentro del marco legal establecido por la burguesía. ‘Los Comunistas declaran abiertamente que sus fines sólo pueden ser alcanzados destruyendo por la fuerza las condiciones sociales existentes’. El reformismo intentó explicar este postulado del Manifiesto sobre la base de la inmadurez del movimiento en aquel momento y el desarrollo inadecuado de la democracia. El destino que sufrieron las "democracias" italiana, alemana y muchas otras demuestra que la "inmadurez" es el rasgo distintivo de las ideas de los reformistas mismos”. (Trotsky)

Tengamos en consideración que las leyes ni siquiera expresan la realidad, esto lo podemos ver en la supuesta libertad que tienen los obreros de vender su fuerza de trabajo, es una libertad formal, una libertad jurídica, una libertad ficticia. Para los desposeídos urgidos de satisfacer sus necesidades más básicas la consecuencia de no venderse como una mercancía (dejandose explotar a costa de acrecentar al capital) se convierte en la posibilidad concreta de literalmente morir en las calles ya sea de hambre, frío o indiferencia, obturando cualquier concepto fetiche de libertad o igualdad.

Frente a esta palpable sentencia de muerte cualquier idea jurídica de libertad se desvanece reducida a la libertad de comercio y su lugar es ocupado por la necesidad de sobrevivir en una sociedad sin escrúpulos donde se le reclama al obrero no solo que desista de denunciar la explotación escondida en los libros contables, sino que además agache la cabeza mostrandose agradecido ante tal o cual miserable explotador o sindicato de burócratas que deja caer las migajas para su subsistencia. El papel que ejerce la burocracia sindical para la contención de la clase obrera es un factor clave a tener en cuenta.

Además se utiliza ocasionalmente el sufragio para hacer referencia a la igualdad (formal) en el sentido de que el voto del proletario vale 1 y el voto del burgués también. Pero cuando pensamos en que el burgués tiene la posibilidad de invertir millones de dólares en campaña para inclinar la votación hacia el candidato de su preferencia, pareciera más que evidente que esa supuesta igualdad se pierde, por no decir directamente que nunca existió. A la famosa frase del mayo francés que decía “nuestros sueños no caben en sus urnas” la podríamos parafrasear de la siguiente manera: la revolución real no cabe en ninguna urna.

“La lucha sindical y la actividad parlamentaria poseen una importancia inmensa en la medida que despiertan en el proletariado la comprensión, la conciencia socialista y lo ayudan a organizarse como clase. Pero apenas se las considera como instrumentos para la socialización directa de la economía, no solo pierden su efectividad sino que dejan de ser un medio para preparar a la clase obrera para la conquista del poder”. (Luxemburgo)

Los utópicos reformistas intentan ocasionalmente vestir el ropaje de marxistas revolucionarios mediante la utilización de una fraseología seudosocialista, y profesan discursos socialdemócratas repletos de demagogia y falsas promesas que acompañan con rimbombantes cuentos sobre imaginarias revoluciones pacíficas y progresivas. Valdrá desenmascararlos a tiempo como lo que son, unos “mencheviques” centristas que no solo reniegan de la revolución sino que además la obstaculizan contribuyendo al sostenimiento de la burguesía y la miseria de lo existente.

Es justamente la adhesión a la dictadura del proletariado lo que permite diferenciar en forma determinante a un marxista de un centro-izquierdista. Y de paso, también de un pequeñoburgués anarquista. La socialdemocracia y el anarquismo constituyen las dos grandes tergiversaciones que afectan al marxismo y que tanto daño han hecho al movimiento obrero debido a sus debilidades estratégicas y de objetivos.

Dichos objetivos aparecen enmascarados en los debates meramente estratégicos. Cuando un reformista cuestiona la estrategia de un partido revolucionario ocasionalmente hay algo que subyace oculto y nebuloso, más precisamente, la idea de que unos y otros tienen el mismo objetivo, pero que la estrategia para llegar a dicho objetivo es distinta. Eso es completamente falso y merece una delimitación inmediata, el objetivo reformista es colocar parches al capitalismo paliando la lucha de clases sin abolirla, por ende, es de esperar que les resulte incomprensible la estrategia de quienes cuestionan las raíces mismas del sistema y tienen por objetivo una sociedad comunista.

“Ningún orden social desaparece de escena antes de agotar sus potencialidades latentes. Sin embargo, aún un orden social anticuado no cede su lugar a un orden nuevo sin oponer resistencia. Un cambio de régimen social presupone la lucha de clases en su forma más cruda, es decir, una revolución. Si el proletariado, por una razón u otra, se muestra incapaz de derrocar con un golpe audaz al perimido orden burgués, entonces el capital financiero en su lucha por mantener su dominio inestable no puede hacer otra cosa que convertir a la pequeño - burguesía, la que ha empobrecido y desmoralizado, en el ejército fascista” (Trotsky)

No se puede esquivar la dictadura del proletariado en el camino de la revolución proletaria internacional si verdaderamente lo que se quiere es construir una nueva sociedad en vez de emparchar la existente.

El socialismo es el período histórico intermedio que separa la sociedad capitalista y la sociedad comunista y en el cual el Estado adoptará la forma de dictadura del proletariado. Este período político de transición tendrá una duración variable que dependerá del triunfo de la revolución proletaria internacional.

Cuando los trabajadores de un país conquistan el poder político y rompen la máquina estatal burguesa, se crea un nuevo semi-estado proletario que es reorientado para llevar adelante tareas transicionales de variada índole como por ejemplo velar por la propiedad social de los medios de producción, impuestos progresivos a las grandes fortunas, expropiaciones, etc. El desarrollo de un programa transicional dará lugar a la contrarrevolución de la burguesía, que buscará impedir por todos sus medios cualquier intento de darle impulso a la revolución tanto en el plano nacional como internacional.

Esta configuración política del Estado obrero meramente transitoria y sus fuerzas de coerción aplicando un programa transicional deben a su vez estar controladas democráticamente por los trabajadores para evitar desviaciones burocráticas-autoritarias.

“Si la dictadura del proletariado tiene en general un sentido, es precisamente el de armar a la vanguardia de la clase con los recursos del Estado para rechazar toda amenaza”. (Trotsky)

El comunismo no es un ideal al cual atar la realidad para fustigar a la población hasta lograr implantarlo a fuerza de garrotes. Es una posibilidad histórica del movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual. Incluso es una necesidad urgente teniendo en cuenta el peligro que representa el capitalismo para la existencia de la humanidad. Por eso hay que tener en cuenta las enseñanzas que nos dejaron las experiencias anteriores para poder así sacar las conclusiones que nos permitan hacerle frente a la más salvaje barbarie de la clase capitalista que ha demostrado no tener reparos morales de ningún tipo para preservar su sociedad de clases incluso con las mayorías en su contra.

¡Quien se incline ante las reglas establecidas por el enemigo no vencerá jamás!.




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