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Revolución Permanente

Entre las primeras menciones a la revolución permanente aparecen las de Marx y Engels después de la revolución alemana de 1848. Se trataba de una caracterización política de la burguesía liberal que, temerosa ante la posibilidad de un levantamiento obrero, se había unido a la burocracia y a la monarquía traicionando la causa de la "democracia". La moraleja que se desprendía de esto era que el proletariado debía adquirir una plena autonomía política, especialmente respecto de la pequeño-burguesía.

“Mientras que los pequeño burgueses democráticos quieren poner fin a la revolución lo más rápidamente que se pueda (…) nuestros intereses y nuestras tareas consisten en hacer la revolución permanente hasta poner fin a la dominación de las clases más o menos poderosas, hasta que el proletariado conquiste el poder del Estado, hasta que la asociación de los proletarios se desarrolle, no solo en un país, sino en todos los países dominantes del mundo (…) Para nosotros no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases, no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”.

Encontramos en la obra de Marx un explícito internacionalismo que los revisionistas parecen haber incomprendido, o reducido a la mecánica repetición de frases como “los proletarios no tienen patria”. Valdrá entonces la cita anterior para recordar que el comunismo es un sistema mundial que no fue pensado para adaptarse a un solo país. Ese tipo de tergiversaciones nacionalistas representan una traición a la tradición marxista y llevaron históricamente al fracaso de la lucha obrera por pretender una inviable edificación socialista por encima de la economía mundial.

Las economías nacionales, con sus particularidades geográficas y culturales, no pueden ser consideradas como una suma de partes que conforman la economía mundial. Sino que, por el contrario, la economía mundial se manifiesta como una potente realidad con vida propia que impera sobre los mercados nacionales.

Parvus ejerció gran influencia sobre Trotsky en la elaboración de la teoría de la revolución permanente, mediante la noción de totalidad y su metodología para el análisis del capitalismo como sistema mundial que opera por encima de las esferas nacionales.

La teoría de la revolución permanente se encuentra en franca oposición con la teoría del “socialismo en un solo país” formulada por Stalin en 1924.

En Rusia, Trotsky aplicó la ley de desarrollo desigual capitalista, signada por la falta de uniformidad en el proceso histórico, para predecir la Revolución de Octubre y la posibilidad de la toma del poder por parte del proletariado en los países atrasados, antes que en los países más desarrollados de Europa.

Mediante una coalición de obreros y campesinos, se realizó la revolución democrática bajo la forma de dictadura del proletariado, en el primer período que siguió a Octubre. Esto le valió a Trotsky acusaciones de confundir la etapa democrática con la socialista. La historia se encargó de combinar el contenido de la revolución burguesa con la primera etapa de la revolución proletaria.

“El estalinismo, esa vulgaridad ideológica concentrada, digna criatura de la reacción dentro del Partido, ha creado una especie de culto del movimiento por etapas como envoltura del “seguidismo” y de la pusilanimidad. Tales o cuales etapas del proceso histórico pueden resultar inevitables aunque teóricamente no lo sean. Y a la inversa: etapas teóricamente “inevitables” pueden verse reducidas a cero por la dinámica del desarrollo, sobre todo durante la revolución, pues no en vano se ha dicho que las revoluciones son las locomotoras de la historia”. (L.T.)

Fue Riazanov el que anticipó un cuestionamiento a las concepciones etapistas, viendo en Rusia la posibilidad de romper con los parámetros normales del “evolucionismo” de etapas. Este cuestionamiento se vinculaba con el análisis del imperialismo, fase superior del capitalismo, que tenía por característica la exportación de capitales dando origen a un proletariado revolucionario en Rusia que, al mismo tiempo, convivía con una burguesía débil e impotente para derrocar al zarismo por si misma.

Stalin malverso la ley de desarrollo desigual para justificar un aventurerismo nacionalista mesiánico, que por el prestigio que conservaba la URSS desembocó también en la burocratización de la Internacional Comunista. La IC terminó por boicotear la estrategia revolucionaria internacional y dividió a los países entre aquellos que supuestamente podrían lograr una edificación independiente del socialismo, y los que no.

Las complicaciones sufridas por el aislamiento no tardaron en demostrar que dicha ley no solo no derogaba la economía mundial, sino que estaba supeditada a ella. Evidenciando que hay una relación de interdependencia entre los países por la división mundial del trabajo y por las fuerzas productivas que rebasan las fronteras nacionales.

El aislamiento de la economía soviética, aún con la nacionalización de los medios de producción y un gobierno centralizado, imposibilitó además la utilización de los recursos mundiales como el crédito, que tiene un papel importante para el desarrollo de los países atrasados.

El desequilibrio de las fuerzas productivas y los tirones de la economía mundial solo hubieran podido armonizarse en el terreno internacional. Pero la revolución, fenómeno superestructural, no ocurre simultáneamente en todos los países, y por lo tanto, no suprime las leyes más profundas de la economía mundial que propician las agudas crisis económicas. La tentativa estéril de construir un programa económico de sociedad socialista en un solo país resultó una clara oposición al internacionalismo marxista, negando el carácter permanente de la revolución internacional.

Trotsky: “El internacionalismo no es un principio abstracto, sino únicamente un reflejo teórico y político del carácter mundial de la economía, del desarrollo mundial de las fuerzas productivas y del alcance mundial de la lucha de clases. La revolución socialista empieza dentro de las fronteras nacionales; pero no puede contenerse en ellas. La contención de la revolución proletaria dentro de un territorio nacional no puede ser más que un régimen transitorio, aunque sea prolongado, como lo demuestra la experiencia de la Unión Soviética (…) La revolución internacional representa de suyo, pese a todos los reflujos temporales, un proceso permanente”.

Vemos como la revolución que ocurre en un país, se considera únicamente un eslabón en la cadena internacional. Resulta imprescindible el triunfo del proletariado en los países más avanzados o de lo contrario tarde o temprano perecerán uno a uno los estados obreros transicionales.

Sintetizando, el proletariado dirige y se apoya en los campesinos, y con el poder revolucionario del partido proletario utiliza su hegemonía para romper las barreras nacionales de la revolución y convertirse en el prólogo de la transformación mundial.

En cambio, para los estalinistas, fieles seguidores de la teoría del socialismo en un solo país, la revolución internacional sería poco más que un contexto favorable pero prescindible, en tanto que sus objetivos últimos son la construcción de un socialismo aislado en el marco de las fronteras nacionales, exagerando las peculiaridades de Rusia para justificar dicho aislamiento.

Para abrirle paso a esta teoría nacionalista, y por ende, contraria al marxismo. Se realizaron furibundos ataques a la figura de León Trotsky y a su teoría de la revolución permanente, que había sido ya esbozada en Resultados y Perspectivas de 1905.

Una de las más ignominiosas tácticas para lograrlo fue intentar presentar como antagónicas sus ideas con las de Lenin. Para esto sus epígonos se valieron de antiguas discusiones en tiempos en los que el joven Trotsky idealizaba las tendencias centristas buscando la conciliación entre mencheviques y bolcheviques.

Por aquel entonces los mencheviques postulaban que la dirección de la revolución burguesa debía estar en manos de la burguesía. En cambio, Lenin y los bolcheviques entendían que la revolución democrático-burguesa debía ser llevada a cabo por una unión de la clase obrera y campesinado, contra la burguesía y el zarismo.

“Lenin me atacaba implacablemente (y con toda razón), no a causa de la revolución permanente, sobre la cual se limitaba a hacer algunas objeciones episódicas, sino de mi tendencia a la conciliación con los mencheviques, en cuya evolución a izquierda yo confiaba”. (L. T.)

Tiempo después reconocerá que esa tendencia conciliadora es lo que lo separaba del bolchevismo. Aprendida la lección, de que es inadmisible pintar con bellos colores el centrismo cuando zigzaguea hacia la izquierda, pasará a ser considerado por Lenin como el mejor de los bolcheviques.

Otra de las discusiones que se dan con frecuencia en los ataques a su teoría son las diferencias sobre el grado de independencia del campesinado, al cual Trotsky le atribuía una indiscutible importancia en el proceso revolucionario pero subrayando invariablemente el papel directivo del proletariado.

Las diferencias entre Trotsky y Lenin no referían a la posibilidad de saltar la etapa democrático-burguesa ni tampoco sobre la alianza entre obreros y campesinos, sino a la contraposición de consignas entre “la dictadura del proletariado, apoyada en los campesinos” y “la dictadura democrática del proletariado y los campesinos”. Es decir, sobre cómo se daría la colaboración entre obreros y campesinos durante la revolución.

Posiblemente sea la gran cantidad de coincidencias que ambos tenían respecto a las cuestiones más fundamentales lo que causó mayor preocupación al estalinismo, que para tratar de esconder su burocratización y viraje centrista se apropió mediante falsificaciones de la figura de Lenin luego de su muerte, demonizando y persiguiendo a Trotsky como si se tratase de su eterno rival.

Para Lenin, al igual que para Trotsky, era claro que sin el apoyo de la revolución mundial la victoria de la revolución proletaria en Rusia era imposible por las contradicciones irreconciliables entre el Estado obrero y el mundo burgués. Coincidían plenamente en que la mayor dificultad de la Revolución rusa residía en la necesidad de provocar la revolución mundial, única garantía contra la restauración del capitalismo.

Las dos miradas antagónicas que se excluyen recíprocamente serán entonces: la teoría internacional revolucionaria de la revolución permanente y la teoría nacional reformista del socialismo en un solo país.




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