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Posmodernismo

Es un movimiento que se presenta como una superación de la modernidad y que abarcó diferentes ámbitos: arquitectura, literatura, arte, cultura, cine, filosofía, etc. Surge entre los años 60 y 80s. El primer periodo hasta principios de los setentas estuvo fuertemente marcado por el estructuralismo, y a partir de mediados de los 70’s aparece lo que se conoció como posestructuralismo. Esta nota abordará el aspecto más filosófico, y en especial lo relacionado a cuestiones del lenguaje.

El posmodernismo filosófico es una ideología del capitalismo tardío que tuvo su momento de auge con posterioridad a la caída del muro de Berlín, y que se ha caracterizado por una excesiva deconstrucción de la historia, exaltando al máximo la multiplicidad de hechos, las diferencias individuales y el multiculturalismo. Entre las fuentes que le dieron origen podemos encontrar causas subjetivas como la desilusión y desmoralización en relación a los paradigmas del siglo XX.

Se sospecha de cualquier abordaje, método o concepto que intente dar una explicación unitaria de alcance general, descalifandolo con el rótulo de “meta-relato”. La “incredulidad frente a los metarrelatos” diría Lyotard. Los cuales tendrían por característica, desde la óptica posmoderna, la utilización de verdades universales, últimas o absolutas, empleadas para influir en las relaciones de poder y legitimar proyectos políticos o científicos.

Hay una fuerte tendencia irracionalista y cuestionamiento a lo que se consideran las grandes narrativas y sistemas de explicación que se enmarcan en esquemas que pretenden explicar totalidades, incluido el marxismo. Más aún, la emancipación posmoderna consistiría en liberarse de la tiranía de la verdad y renunciar a cualquier pretensión de explicar un mundo inexplicable, diverso e inestable.

El escepticismo sobre cualquier forma de verdad, razón y objetividad, trae aparejado un relativismo epistemológico especulativo, la primacía de lo estético y la predilección por lo superficial. La ciencia se convierte en una creencia más entre tantas otras al igual que la historia, y pasan ser consideradas una narración o mito donde se descarta cualquier hilo conductor que posibilite una crítica del orden social establecido.

“Si todo discurso no es más que un «relato» o una «narración» y si ninguno es más objetivo o más verdadero que otro, entonces no queda otro remedio que admitir las teorías socioeconómicas más reaccionarias y los peores prejuicios racistas y sexistas como «igualmente válidos», al menos como descripciones o análisis del mundo real (suponiendo que se admita la existencia de éste)”. (Sokal)

Esta forma de escepticismo guarda similitudes con los agnósticos kantianos, con la diferencia de que, para los posmodernos, el obstáculo para el conocimiento sería el lenguaje y la cultura en vez de los sentidos. Les resulta inconcebible la existencia de algo que pueda estar por fuera de los límites del lenguaje, una suerte de solipsismo que se encuentra en las antípodas de la dialéctica materialista.

Nietzsche es considerado el primer posmoderno según autores posmodernos como Vattimo. Analicemos la siguiente frase: "El significado es cualquier cosa que construimos arbitrariamente mediante nuestros actos de dar sentido. El mundo no se clasifica espontáneamente en especies, jerarquías causales, etc., como podría pensar un realista filosófico; por el contrario, somos nosotros los que hacemos todo esto al hablar sobre él. Nuestro lenguaje no refleja tanto la realidad como la significa, le da forma conceptual. Así, pues, es imposible responder a la pregunta de qué es aquello que recibe una forma conceptual: la realidad misma, antes de que lleguemos a constituirla mediante nuestros discursos, es sólo una X inexpresable".

Según la concepción posmoderna, que no disimula simpatías frente a la cita anterior, estaríamos atravesados por diferentes lenguajes, independientes entre sí y con distintas reglas, que imposibilitarían una comprensión común a la hora de abordar el conocimiento por la ausencia de un meta-lenguaje superior que permita establecer una conexión basada en criterios estandarizados de razón, verdad, objetividad, etc. En consecuencia, las “verdades” fragmentadas no podrían ser unificadas.

Una mirada como la mencionada anteriormente no permite hacer ninguna contribución al entendimiento del mundo que nos rodea y en el cual estamos inmersos, ya que la viabilidad misma de poder conocerlo esta radicalmente cuestionada. Se trata en última instancia de un fetichismo del lenguaje con sobrevaloración de lo discursivo, metafórico y simbólico, en desmedro de la materialidad de todo aquello que pueda tener una existencia independiente de nuestra conciencia o lenguaje. A lo cual se le suma además un eclecticismo que valiéndose del signo de interdisciplinariedad de nuestra época hace uso aleatorio e indiscriminado de diferentes teorías, dando por resultado un pastiche insulso de lo más idealista.

Entre sus características: “La fascinación por los discursos oscuros, el relativismo epistémico unido a un escepticismo generalizado respecto de la ciencia moderna, el interés excesivo por las creencias subjetivas independientemente de su veracidad o falsedad, y el énfasis en el discurso y el lenguaje, en oposición a los hechos a que aluden, o, peor aún, el rechazo de la idea misma de la existencia de unos hechos a los que es posible referirse”. (Sokal)

El relativismo posmoderno habilita un vale todo, donde las metodologías, teorías y opiniones (dentro de los márgenes de la anti-totalidad) son igualmente aceptadas, sin criterios de falsación ni limitación alguna que permita considerar a unas más certeras que otras. A fin de cuentas, remitirían a construcciones sociales con el lenguaje como elemento constitutivo, y por lo tanto, todas serían interpretables e igualmente validas, dependiendo de la subjetividad de cada individuo.

La coexistencia de pluralidad de tendencias que suele asociarse al posmodernismo entra en contradicción con la negativa a cualquier criterio de verdad o noción de totalidad que pueda tener un alcance explicativo que esté por encima de los pequeños relatos, evidenciando un fundamentalismo que excluye, negando la exclusión.

El culto al pluralismo (que intenta descifrar el mundo sílaba por sílaba), y los pequeños relatos, conllevan la desunión y la fragmentación en los análisis sociológicos, como por ejemplo, en lo que refiere al estudio de las de clases sociales y el materialismo histórico. Los proletarios aparecen como una incoherente identidad más que a la vez esta fragmentada y subdividida en el marco de concepciones donde no existen la lucha de clases ni tampoco las ideologías, ni mucho menos la posibilidad de emancipación. Proponen la superación de las ideologías dado que no existe la verdad, sino innumerables versiones, cambiantes, parciales y sesgadas de algo que desconocemos o que quizás ni siquiera existe.

Incluso el capitalismo visto en su conjunto desaparece como categoría sistémica o se convierte en un discurso. “Pareciera que somos efectos de estructuras ahistóricas que nos trascienden. La versión hegemónica y posmoderna del psicoanálisis lo ha transformado en una cosmovisión. Sostiene que, en última instancia, toda nuestra subjetividad depende de una estructura del deseo inconsciente. Y a partir de allí se pueden entender todos los fenómenos, incluidos los sociales, tal como los desarrollos de Lacan y sus discípulos a partir de la formulación de los cuatro discursos y tomar al propio capitalismo como discurso”. (Vainer)

En este sentido las ideas del posmodernismo guardan complicidad con la clase dominante, auspiciando el individualismo y el escepticismo frente a cualquier posibilidad de cambios estructurales en la sociedad. “El enfoque extremo en el lenguaje y el elitismo vinculado al uso de una jerga pretenciosa contribuyen a encerrar a los intelectuales en debates estériles y a aislarlos de los movimientos sociales que tienen lugar fuera de su torre de marfil”. (Sokal)

Lo que se conoció como la broma de Sokal da cuenta de la arrogancia y vacía verborrea del discurso posmoderno. Alan Sokal presenta un escrito a una revista llamada Social Text, dicho escrito era una parodia del tipo de trabajos posmodernos que circulaban en el ámbito académico. El texto estaba intencionalmente repleto de sinsentidos, carente de toda lógica y con conclusiones deliberadamente ridículas, pero aun así fue aceptado y publicado por la revista. La broma no pudo salir mejor ya que incluso apareció publicada en un número especial dedicado a rebatir las críticas al posmodernismo.

“Estaba plagado de absurdos, adolecía de una absoluta falta de lógica y, por si fuera poco, postulaba un relativismo cognitivo extremo: empezaba ridiculizando el «dogma», ya superado, según el cual «existe un mundo exterior, cuyas propiedades son independientes de cualquier ser humano individual e incluso de la humanidad en su conjunto», para proclamar de modo categórico que «la "realidad" física, al igual que la "realidad" social, es en el fondo una construcción lingüística y social». Acto seguido, mediante una serie de saltos lógicos desconcertantes, llegaba a la conclusión de que «la u de Euclides y la G de Newton, que antiguamente se creían constantes y universales, son ahora percibidas en su ineluctable historicidad»”. (Sokal)

La moda en cuanto a la importación de ideas parisinas, los argumentos de autoridad y la falta de una actitud crítica por parte de los lectores condujeron al prejuicio de que la dificultad de los textos se debía a la profundidad de las ideas que expresaban. Mientras que en realidad se trataba de imposturas intelectuales disimuladas mediante el uso de términos extravagantes y ambiguos que pretendían exhibir una falsa erudición.

La ridiculización ocasionada por la broma causo escándalo internacional y revuelo académico apareciendo la noticia en las tapas de los principales diarios del mundo. La comentarista norteamericana Katha Pollitt menciona: «el aspecto cómico del incidente Sokal reside en que sugiere que ni siquiera los posmodernos comprenden realmente lo que escriben sus colegas, y que se desplazan a través de los textos pasando de un nombre o de una noción familiar a otra como una rana que cruza un sombrío estanque saltando de nenúfar en nenúfar».

Difícil no pensar en personajes como Lacan al referirnos a lenguaje críptico y jerga enmarañada. Se trata de uno de esos autores que mediante juegos de palabras, metáforas, mistificaciones matemáticas, formulas y algoritmos, elaboran textos intencionalmente oscuros y nebulosos. Algunos de esos textos crípticos e incomprensibles cumplen la función de textos religiosos, llegando a constituir a veces la única referencia entre sus devotos más fieles que durante la lectura parecen experimentar la fantasía de algún tipo de “revelación” solo apta para los iniciados de la elite pensante. Fascinados por la docta arrogancia y la manipulación de una terminología rebuscada resultan víctimas de un misticismo laico en donde la ambigüedad del autor se convierte en una ventaja para alegar que ha sido mal interpretado y reinterpretar a conveniencia lo que se evidencia absurdo intentando darle sentido a aquello que no lo tiene.

“No todo lo oscuro es necesariamente profundo. Hay una enorme diferencia entre los discursos que son de difícil acceso por la propia naturaleza del tema tratado y aquellos en los que la oscuridad deliberada de la prosa oculta cuidadosamente la vacuidad o la banalidad”. (Sokal)

Si bien el posmodernismo no representa una amenaza, su crítica sigue siendo útil y necesaria por razones culturales y políticas ya que ha demostrado tener la capacidad de infiltrarse y seducir a una parte de la izquierda con enfoques y revisionismos que conducen inevitablemente al oscurantismo. No pueden ser atributos de la izquierda el oscurantismo y la veneración cuasi religiosa de pseudointelectuales charlatanes que atacan la racionalidad desarmando a la clase obrera de instrumentos que le permitan criticar el orden social.

Lo que especialmente nos interesa criticar del posmodernismo es la proliferación de concepciones descomprometidas con la transformación social que constituyen una invitación descarada a la resignación y a un “realismo político” de objetivos modestos bajo la trampa de un maquillaje progresista en el campo de lo simbólico. Las transformaciones materiales aparecen entonces relegadas por los cambios meramente discursivos funcionales al sostenimiento del sistema capitalista.

«¿Quién necesita proponer una detallada crítica del pensamiento de izquierda cuando se puede argumentar, mucho más grandiosamente, que todo discurso social está cegado e indeterminado, que lo “real” es indecidible, que todas las acciones que excedan un tímido reformismo proliferarán peligrosamente más allá de nuestro control, que no hay en principio sujetos lo suficientemente coherentes como para emprender esas acciones, que en todo caso no existe un sistema total para ser cambiado, que toda instancia aparentemente opositora ha sido prevaciada por los ardides del poder y que el mundo no es, después de todo, un camino particular, suponiendo que pueda saberse lo suficiente para asegurarlo siquiera?»

No hay lugar para la tesis XI marxista en ninguna concepción posmoderna del mundo. Nos encontramos en oposición a una ideología reaccionaria que no se reconoce a sí misma como ideología y que busca en su función discursiva eliminar las categorías de izquierda y derecha. Normalizando un ficticio centrismo que se abstrae de las relaciones sociales de producción y de la lucha de clases. La política se convierte en una obra de teatro en donde la superación del sistema actual ni siquiera es considerada factible en el libreto, y en la que unos actores despistados se asumirían de izquierda o de derecha por no haber asimilado la supuesta muerte de las ideologías y de los grandes relatos.

Pero mientras que la verdad es siempre revolucionaria, la posverdad, en cambio, es un discurrir constante sobre los matices del lenguaje. Una mirada burguesa efímera, volátil, que rehúye de la profundidad y que como cualquier moda, es pasajera.




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